Melancolía veraniega

Publicado en por Aldea Global

Mi infancia está llena de recuerdos veraniegos. Cada verano supone un punto y aparte en el devenir de nuestras vidas. Cada uno de nosotros tiene una forma de vivirlo, un recuerdo imborrable y una sensación distante. Para bien o para mal.

Mis primeros receurdos me remontan a un coche pequeño y viejo, con un calor insoportable y las piernas encima de un colchón que hacía de suelo improvisado en la parte trasera de nuestro R5. Pero eso nunca importaba. Y menos si después esperaban las olas y la arena de un paraiso infantil que cada uno llama de manera distinta pero que guarda con el mismo cariño. Noches de verano a la lumbre de una linterna, compartiendo un bocadillo o un poco de sandía. Dulce y refrescante recuerdo.

 

Mis veranos son el recuerdo de una tostá con mantequilla antes de la playa con el periódico en la mano  y esos bañadores tan horteras que nos ponían sin rechistar. La típica foto en el paseo, repetida por si no salía bien, y ese olor a tienda de campaña que siempre asocié inevitablemente a esta estación. La familia entera junta y revuelta, se oyen gritos de mayores discutiendo y de niños disfrutando. Y mi madre, siempre mi madre, nunca eran vacaciones para las madres. En vez de eso, su trabajo era incluso mayor y nuestra despreocupación, sin límites.

Mis veranos se llamaban Conil o Chiclana, da igual. O la terraza de mi casa, con un taburete de mimbre, y mi padre escuchando en la radio los nuevos fichajes de mi equipo, arañando hasta la última gota de fresquito en el ambiente. Era necesario. Siestas forzadas, juegos inventados por nosotros en mi calle. El paseo de la tarde con mi compadre entre risas, sueños y tonterías varias. Mi primer beso. Locuras de futbolín a horas intespectivas con un futuro artista. Hasta las tantas en un parque riendo sin parar. Ninguna preocupación. Tiempo libre a borbotones y ropa fresquita.

Vacaciones de 3 meses -si tus notas eran aceptables-. Un amor escondido. Esa timidez del momento. Los globos de agua, deporte casi a diario. E ilusionante colección de cromos: "ancá Anita salen siempre las buenas". Induráin todas las tardes, casi siempre viviéndolo a través de mi radio, conteniendo el aire en cada pedalada. Inocencia. Esa que se pierde casi sin darte cuenta. Madurez por llegar y que apenas encuentro.

Y se convierten en trabajos extraordinarios, fines de semana de locura. Y ese verano inolvidable con tu compadre, convirtiendo un Ford Focus en una maravilloso apartamento de verano. Da igual Portugal, que Cádiz, que Salamanca. Solo alegría, y buena compañía. Y luego llega el extranjero, los cursos de inglés. Y Viena me espera, dice un cartel en una agencia de viajes. Las ilusiones que van y vienen como los años. Siempre es lo mismo, pero siempre diferente. Sin calcetines casi 2 meses. La piscina municipal, la barbacoa del momento. y, por supuesto, la ridícula canción de moda.

¿Qué sería un verano sin estas cosas?, Cada persona se identifica con el suyo, el que considera "el de siempre". Pero lo que es inevitable es que: siempre llega septiembre. Todo empieza otra vez. Un año más. Pero ya no eres el mismo, aunque no lo sepas.

Y ya queda menos para el siguiente.

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jessi 07/05/2009 23:28

Migue me ha encnatado...que buenos momentos pasabamos la verdad,ahora los echo de menos.Hemos sido muy afortunado esa infancia no la cmbio por nada del mundo...WIE VIELE!!!